La Gruta de la Virgen del Carmen en Liray

Reina de Chile

Durante el proceso de independencia, la devoción a la Virgen del Carmen se convirtió en un símbolo patrio de unidad y protección. En el año 1926, en un evento magno que convocó a medio millón de fieles, fue coronada como Reina de la Nación en el Parque Cousiño   de Santiago. Este reconocimiento oficial por parte de la jerarquía eclesiástica impulsó aún más la expresión pública y privada de esta advocación mariana, lo que trajo consigo la construcción de grutas como manifestaciones tangibles de fe. Fue así como, desde la cultura popular, las grutas a la Virgen comenzaron a brotar en puntos claves del paisaje, tales como carreteras y poblados.

Una gruta rara vez es el trabajo de una sola persona, sino un esfuerzo colectivo. Para el chileno creyente, la Virgen del Carmen no es una figura lejana, es una vecina solemne dedicada a la protección cotidiana. La estética de una gruta refleja la identidad del Chile popular, no hay mármol ni oro sino lo que la comunidad puede brindar: piedras, cemento, pinturas en tonos azules, rosados o pasteles. A su alrededor nunca faltan claveles y crisantemos o flores de plástico para desafiar el tiempo. Otro detalle muy típico es que casi todas las grutas de la Virgen tienen una reja de protección con un candado. Esto no sólo evita el vandalismo, sino que de manera inconsciente genera un espacio sagrado de resguardo, donde la gente acerca sus manos a los fierros para rezar o para introducir velas encendidas entre sus espacios. Dichas características  son parte de una grutita a la Virgen que permanece en un cerro isla en  Liray, Colina.

La gruta del Cerro Liray

Fue en la década de los 80 cuando visité por primera vez la grutita dedicada a la Virgen del Carmen, ubicada en una ladera del Cerro Liray, llamado localmente «Cerrillo». La gruta se orientó hacia poniente, mirando a la Panamericana Norte a la altura del km 24. Como curiosidad, en la antigüedad, el camino para llegar al valle de Chacabuco o Llay Llay pasaba por el costado oriente de este cerro ya identificado en un mapa de 1611 como referente vial.

Todo indica que esta gruta fue inaugurada en junio de 1975; probablemente se hicieron los esfuerzos para tenerla lista antes del 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, a modo de homenaje. La Virgen protagonista habría sido otorgada por vecinas del sector, mientras que la construcción presumiblemente fue una obra colectiva en la que habrían participado trabajadores que faenaban la roca en el cerro (se dice que parte importante de estas piedras se usó para construir la Panamericana). Esta podría ser una de las razones por las que la gruta mira al poniente: como protección para quienes trabajaban o transitaban por la Panamericana, en esos años en que se hacían planificaciones y remodelaciones en su trazado. Además, se cuenta que a los pies del cerro se instaló un campamento de trabajadores, aunque es incierto entre qué fechas operó.

Recuerdos de la Virgen y el Cerrillo

Es en 1976 cuando se acepta la propuesta para la pavimentación de hormigón (de 0,21m) de la segunda vía de la Panamericana Norte, entre el sector Río Colina y el Peaje de Lampa. Cuando esta obra ya estaba en sus postrimerías fue cuando conocí  la Virgen del cerrillo. Recuerdo que en el sector donde habría estado el campamento (hoy Huevos Santa Marta), había una cantidad considerable de tarros de alquitrán, producto que en esos años era usado en las obras viales. Muchos de esos tarros estaban volteados en el suelo y, por ende, con el contenido desparramado; ahí mis zapatos de niña aprendieron que no era aconsejable caminar en días de calor sobre la viscosidad pegajosa del alquitrán (lo que además me incluía un reto por estropear zapatos).

En esos años de sol, tranquilidad y aire puro, subí muchas veces a visitar la Virgen. Se llegaba por una marcada huella que pasaba cerca de un algarrobo; solía llevarle una flor silvestre que tomaba al paso en la subida. Por fuera la grutita se veía de un blanco inmaculado: tenía suelo de hormigón, a su costado derecho había una base piramidal para colocar una bandera, contaba con varios veleros lineales y, además, tenía unos tres cilindros de cemento, de un metro aproximado, que cumplían el rol de maceta. No era una Virgen que quedaba de paso; se iba a ella con la intención de visitarla y estar. Desde ahí resultaba un placer observar el atardecer en el horizonte y hacerse acompañar de la energía de «la Carmela».

Desde la gruta, miraba con curiosidad hacia abajo las perforaciones cilíndricas en la roca, huellas de la época en que el cerro fue explotado. A veces nos aventurábamos más allá de la Virgen para jugar o explorar el cerro por completo. Hacia el sur del Cerrillo había una cueva artificial a la que llamaban «la mina». Se decía que era un túnel que cruzaba por debajo de la carretera hasta Santa Rosa, otros recomendaban no entrar ya que aseguraban que en lo más profundo habitaba un culebrón. La exploré por dentro en short, polera y chalas; hoy ni siquiera me animaría a entrar un poco.

En momentos difíciles se pide la intercesión de la Virgen del Carmen por nuestra patria, que tanto sabe de desastres naturales. El terremoto del 3 de marzo de 1985 -mi primer terremoto, que en el momento no sabía que lo era- nos pilló con mi hermano jugando frente al cerro. De aquel momento recuerdo  el festival de piedras que comenzó a rodar cerro abajo, más los gritos de mi madre llamándonos. Ya junto a ella, el acto seguido fue escuchar la voz acongojada de mi tía Nene mirando al cerro y pidiendo protección a la Virgen «¡Ay, virgencita, sálvanos!».

La gruta pasó la prueba del terremoto del 85 y de los siguientes que vendrían, pero la prueba del paso del tiempo se fue haciendo notar. Después de unas tres décadas, pude  volver a visitar el lugar en mayo de 2025. Me encontré con menos vegetación, una subida  muy erosionada y la gruta erguida, estoica, aunque con sus figuras decoloradas, con accesorios destrozados y con su entorno visiblemente desgastado. Con los años, los accesos a los cerros de la zona se han privatizado, dificultando las visitas a esta gruta así como a otros hitos locales. Sin embargo, la apacibilidad del lugar y su sentido sacro permanecen intactos. Ojalá recupere su esplendor y recobre valor como espacio de devoción dedicado a la Reina de Chile.

Camino La Viñita

El camino rural interior que pasa por el costado norte del Cerrillo -y que conecta la Panamericana con Liray- en el pasado era identificado simplemente como «callejón» o «callejón del Fundo». Aunque durante un tiempo también fue conocido como camino de los «Chincoles de Liray», esto al parecer, se asoció a un letrero publicitario que había en la Panamericana en dirección a  Santiago y que se ubicaba precisamente a la altura de donde comienza  el camino y el cerro. Este letrero, de color verde oscuro, publicitaba algo que mencionaba chincoles.

Ya entrado este siglo, por gestión de vecinos, este «callejón» rural comenzó a llamarse oficialmente «La Viñita» (desconozco la razón de la elección del nombre). Lo que se sabe es que en el sector había viñedos y que, alguna vez, en el Fundo de Liray se cultivó una pequeña viña cuyas uvas servían para producir vino. En lo personal, sentí el nombre «La Viñita» como un sutil guiño de lo divino mostrándose en lo simple, pues lo asocié a la Virgen del Cerrillo, ya que había una bella coincidencia: Carmen significa «Viñedo de Dios». Fue como si el lugar, al rebautizar el viejo callejón, buscara preservar la presencia de la Virgencita justo cuando la gruta comenzaba a recibir menos visitas. Tal vez «La Viñita» sea, en el fondo, un recordatorio para no olvidar la identidad, la protección maternal, la unidad y la fe que encarna la Virgen del Carmen.

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