Las moras

En nuestro valle, a orilla de caminos y canales de riego, se observan cada vez menos plantas de origen nativo. En este sentido el palqui es uno de los arbustos que con más frecuencia se puede observar. Dentro de este contexto aún es posible visualizar las zarzamoras, que si bien fueron introducidas en el siglo XIX, en corto tiempo se hicieron parte constitutiva de la composición de nuestro paisaje rural (más bien semi rural en la actualidad). Por sus características, abundante ramaje y espinas, la introducción de la zarzamora (rubus ulmifolius) tuvo por objetivo hacer setos impenetrables y que así mismo neutralizaran la polvareda que se levantaba en los multiples caminos de tierra.


Un concepto que me evoca las zarzamoras es el entusiasmo. Y es que hace no muchas décadas, en el apogeo del verano, era cuando estos arbustos lucían sus frutos oscuros, sus moras. Era la llegada de la época en la que  grupos de niños, jóvenes o familias llenos de entusiasmo recurrían a sus zarzamoras conocidas para cosechar sus frutos. A veces, en su mayoría, tocaba sortear algunos obstáculos como acequias con abundante agua, a veces tocaba evitar los rasguños de espinas, a veces tocaba aspirar el polvo que era removido de sus hojas tras desprender las moras. Aquello solo eran detalles de una aventura, la motivación mayor consistía en cosechar la mayor cantidad de moras o murras, como son llamadas en el sur, pues una generosa cosecha significaba la elaboración de una dulce y apetitosa mermelada.

Era común escuchar desde las zarzamoras cuchicheos pero sobre todo risas, risas que parecían estar en sintonía con esa energía que nos hace sentir vivos y alegres, el entusiasmo (de ‘en’ + ‘theos’) que significa nada más ni nada menos que tener a Dios  adentro.

Aires de septiembre

Rememorar 1959. Aquel año el presidente era Jorge Alessandri Rodríguez, se establece por moneda el Escudo,  la universidad Católica de Valparaíso (ucv) comienza sus transmisiones televisivas y en Washington se firma el tratado Antártico que establece que la Antártica será usada exclusivamente para fines pacíficos y científicos.

Ese mismo año, un primaveral día de septiembre, la comunidad del fundo Santa Marta (Colina) se reunía a los pies del cerro, en cercanía a la medialuna.  Fue un día de campo, un día de esparcimiento, un día de respirar la brisa de primavera y de sentir el abundante manto verde inspirador de buenas cosechas. Hulllies, azulillos, añañucas, se asoman  por montones en esta época, mientras las amarillas flores de los espinos emanan sus intensos aromas. A la par el ambiente resuena con el sinfónico trinar de los pajaritos, tan parte del valle como la comunidad misma.

“En las celebraciones al patrón le gustaba ver reunidos a los inquilinos con sus familias. Los hacía bailar, era alegre el hombre”.

Varias veces fui a observar el lugar, en mi caso nunca vi medialuna.  Por años se mantuvo la esencia nativa del  paisaje, el verdor tras el invierno,  los espinos, algunos algarrobos y de fondo húmedas quebradas, que hacían sentir vívidas las radiantes sonrisas y el entusiasta baile zapateado del administrador. Venía al presente la alegría de ese día de esparcimiento y del compartir en comunidad, en un entonces en que poco se vislumbraba el advenimiento de transformaciones en la fisonomía del campo chileno.

Al hoy la falda del cerro, donde otrora estaba la medialuna, fue dando lugar al proyecto inmobiliario de Santa Elena. Por añadidura el paisaje ya no es tal, independiente de como lo veamos, hay  una constante: el cambio. A pesar de ello, quedan las emociones que se transforman en sentimientos que pueden traer una y otra vez a aquellas vivencias. Es por ello que no vemos fotos viejas como algo propio del pasado, sus historias no son algo que estén aparte del presente, de hecho somos producto de una historia viva, pues siempre hay historia por ser descubierta sólo hace falta una pregunta, un indagador o un lector que como ahora  revele  sus propias emociones y memorias para fundirlas con estas imágenes y palabras.

Como aquel septiembre de 1959, poco sabemos qué nos deparan los próximos años, sin embargo, habrá cambios, nuevas formas, nuevas personas. El mensaje de 1959 es constante: diversión, abrazando desde el corazón esta  tierra que nos conecta.

Caminos

Caminos transitados por antepasados, cada quien con sus anhelos, conflictos, emociones. Nuestros ancestros son el vehículo que condujo hacia nosotros mismos, por eso reconocer la herencia cultural y cuidar los caminos que elejimos es, en esencia, honrarnos.

Carta caminera 1980 (fuente mop)

El Resplandor

Tras esos cerros la noche se alumbró de la nada, como un gran fuego. 
¡Si no lo veo, no lo creo! pero yo lo viví...

¡No corra!

La historia del Restaurant El Rinconcito ha sido de cara a la ruta 5 norte: Esso, Esso a Montenegro. *

¡No corra, almuerzo y bebida hay todo el día!

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*Parte en 14 de la fama, luego Lo Pinto (a orillas del río), hoy en Montenegro

Pimiento

«Sol y viento pa su vida, Sol y viento”

Al paso se muestra vigoroso y resistente. Lo miro, sus ramas resonantes también me miran, y entre susurros me da cuenta de sus experiencias al lado del camino desde el año 1956

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*Pimiento (schinus molle) ubicado en camino Liray con camino a Santa Elena (hoy San Miguel)