Las moras

En nuestro valle, a orilla de caminos y canales de riego, se observan cada vez menos plantas de origen nativo. En este sentido el palqui es uno de los arbustos que con más frecuencia se puede observar. Dentro de este contexto aún es posible visualizar las zarzamoras, que si bien fueron introducidas en el siglo XIX, en corto tiempo se hicieron parte constitutiva de la composición de nuestro paisaje rural (más bien semi rural en la actualidad). Por sus características, abundante ramaje y espinas, la introducción de la zarzamora (rubus ulmifolius) tuvo por objetivo hacer setos impenetrables y que así mismo neutralizaran la polvareda que se levantaba en los multiples caminos de tierra.


Un concepto que me evoca las zarzamoras es el entusiasmo. Y es que hace no muchas décadas, en el apogeo del verano, era cuando estos arbustos lucían sus frutos oscuros, sus moras. Era la llegada de la época en la que  grupos de niños, jóvenes o familias llenos de entusiasmo recurrían a sus zarzamoras conocidas para cosechar sus frutos. A veces, en su mayoría, tocaba sortear algunos obstáculos como acequias con abundante agua, a veces tocaba evitar los rasguños de espinas, a veces tocaba aspirar el polvo que era removido de sus hojas tras desprender las moras. Aquello solo eran detalles de una aventura, la motivación mayor consistía en cosechar la mayor cantidad de moras o murras, como son llamadas en el sur, pues una generosa cosecha significaba la elaboración de una dulce y apetitosa mermelada.

Era común escuchar desde las zarzamoras cuchicheos pero sobre todo risas, risas que parecían estar en sintonía con esa energía que nos hace sentir vivos y alegres, el entusiasmo (de ‘en’ + ‘theos’) que significa nada más ni nada menos que tener a Dios  adentro.

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