
La responsabilidad intelectual del asesinato de Manuel Rodríguez Erdoíza (1785-1818) en general se le ha atribuido a Bernardo O’higgins. Pero no es algo que se pueda aseverar del todo, considerando que no solo para él era non grata la persona de Rodríguez, sino también para la organización a la cual pertenecía: la Logia Lautaro. Lo que no se puede desmentir es que el espíritu inquieto del guerrillero e ideales como «Soy de los que creen que los gobiernos republicanos deben cambiarse cada seis meses, o cada año a lo más…» hacían que su persona resultara un estorbo para el concepto de gobierno del Director Supremo. No por nada, luego de la batalla de Chacabuco, había intentado «deshacerse» de él con la excusa de enviarlo como emisario del gobierno a los Estados Unidos.
En esa ocasión Rodríguez había sido detenido y recluido en el castillo San José (Valparaíso) a la espera de ser embarcado forzosamente a Norteamérica. Sin embargo, con astucia huiría de aquel lugar. Estuvo en la clandestinidad hasta que José de San Martín regresó de Argentina. Este lo excusaría ante O´higgins, porque estaba, en cierto modo, agradecido de la labor del guerrillero durante el periodo de reconquista y porque, a pesar de no compartir el pensar de Manuel era de la opinión que era conveniente «que hagamos de él un ladrón fiel».
***
Luego del triunfo del 5 de abril en Maipú (1818), el ambiente estaba enrarecido en Santiago. El 11 de abril O´higgins cita a Rodríguez al Palacio de Gobierno donde le ordena disolver el escuadrón militar por él formado, Los Húsares de la Muerte, esto por falta de disciplina y espíritu militar (Latcham, 1932).
Asimismo había intranquilidad en los barrios, pues se dice que los militares vencedores hacían abusos a la población. También, por esos días se conoce la triste noticia del asesinato de los hermanos Carrera en Mendoza (Juan José y Luis), y a eso se suma el descontento por la notoria injerencia de argentinos en cargos claves. Este contexto propició la necesidad de convocar a un Cabildo Abierto tras el cual los vecinos solicitarían a la máxima autoridad las reformas necesarias.
Así se llega al 17 de abril, el Cabildo había elegido una comisión de tres vecinos: don Agustín Vial, don Juan José Echeverría y don Juan Agustín Alcalde los que se acercaron al Palacio de Gobierno para hacerle saber al Director Supremo las exigencias del pueblo, entre ellas la redacción de una nueva Constitución. Mientras tanto en la calle, en expectativa, un grupo de gente vociferaba su descontento.
«¡contra los tiranos!», «¡contra las contribuciones!»
El Director Supremo, al recibir a la comisión, se mostró con el ceño adusto y sindicó de provocación a la anarquía y el desorden, de modo que terminó por ignorar a los representantes del Cabildo.
Esto hizo que Rodríguez y Valdiveso, joven detractor de Ohiggins, montandos en caballos, desde la muchedumbre arribaran en el interior del palacio. Al ruido de los gritos que increpaban a Ohiggins y de los caballazos, se alertaron los edecanes y advirtieron a la guardia. Minutos después Rodríguez y Valdivieso estaban detenidos y se daba orden de conducirlos al Cuartel de San Pablo, que por esos días ocupaba el batallón n°1 de infantería de Cazadores de Los Andes. Esta vez la suerte estaba echada, según Latcham, se había jugado su destino con la frialdad con que la Logia Lautarina juzgaba a los enemigos del “sistema”.
Los Cazadores de los Andes eran comandados por Rudecindo Alvarado (natural de Salta, Argentina). Este designó un grupo de soldados, de toda su confianza, bajo las inmediatas ordenes de los tenientes segundo don Manuel Antonio Zuloaga (mendocino) y don Antonio Navarro (español). A este batallón se le encargó la custodia del malogrado Manuel Rodríguez. Luego se les daría la orden de trasladarse a Quillota llevando consigo al prisionero.
Tres días antes de formarse la compañía, que emprendiera rumbo a Quillota, Navarro le habría contado en tono secreto a José Manuel Benavente, que sus superiores lo habían mandado a llamar para encargarle un importantísimo favor para la patria: eliminar a Manuel Rodríguez.
Al preguntarle porque no se había excusado -como Zuloaga- Navarro le habría dicho:
-¿No considera usted que soi español, que no tengo relación alguna en el país, y que si no me presto a la maldita comisión que se me quiere dar, probablemente se desharán de mí por temor de que revele el secreto? Agregue Usted que nuestro comandante es el que mas me compromete.
Sin querer involucrarse más en el asunto Benavente expresaría en una carta (1), que se habría alejado diciéndole:
-Usted sabrá lo que se hace
(1) La carta fue publicada en 1850 por Guillermo Matta
Camino a Tiltil
La madrugada del 25 de mayo de 1818 el batallón deja el cuartel de San Pablo, cruzan por el Puente Cal y Canto el río Mapocho y dirigen la marcha en dirección al norte. Rodríguez desanimado presiente el fin, la crónica de una muerte anunciada está por tener un desenlace.

A la hora del almuerzo el piquete se encontraba en las Casas de San Ignacio, Quilicura, en este lugar ocurre un hecho que haría sumir en angustia a Manuel Rodríguez. El capitán José Manuel Benavente, en un acto de advertirle su destino, le habría ofrecido un cigarro instándole a que lo aceptase ¡le conviene!- le diría. Rodríguez al tomar el cigarro el papel de este tenía escrito la palabra huid!. Se dice que Navarro, que no le sacaba la vista a Rodríguez, habría descubierto dicho mensaje. Recordando el fin de sus amigos los Carrera la marcha se hace cada vez mas apesumbrada.
El comandante Alvarado había dispuesto que el piquete que custodiaba a Rodríguez se colocase en la marcha y en los alojamientos cuatro o seis cuadras adelante o atrás del grueso de la tropa. Esta medida, calculada para mantener al preso en completa incomunicación, fue en cierto modo ineficaz. Rodríguez tuvo el aviso o adquirió la sospecha de que se trataba de asesinarlo, y sus temores se acrecentaban cada vez que por algún incidente quedaba solo con los soldados.(2)
La noche del 25 de mayo el batallón de los cazadores de los Andes pernoctan en tierras de la hacienda de Colina (3) pertenecientes a don Diego Larraín.
La noche se pasó sin novedad. El 26 de mayo en la madrugada el batallón se encaminó a Polpaico. En la tarde parte del grupo se extendió a orillas del estero Lampa, en las inmediaciones de la hacienda Polpaico, por su parte Navarro junto a su escolta y Rodríguez avanzaron mas al norte llegando cerca de una casita donde al parecer había una pulpería. En este lugar Manuel Rodríguez habría comido su ultima cazuela de ave. Lo que vendría después, a la hora de oración sería el ultimo respiro del prócer.

(2) El relato del cigarro tiene diferentes versiones, tal vez nunca hubo cigarro, pero lo citamos para referir que de algún modo Rodríguez estaba advertido que su vida estaba en riesgo.
(3) Suponemos que pernoctaron en la actual localidad de Lo Pinto
¿Quién mató a Manuel Rodríguez?
En general los libros de historia relatan que el español Antonio Navarro le habría disparado por la espalda a Rodríguez un tiro de arcabuz para luego ser ultimado por golpes de bayonetas en el cráneo por dos soldados. Sin embargo, muchas veces con la re-visión de la historia las tesis varían su veracidad. Basándose en las declaraciones del proceso de 1823 (que buscaba esclarecer el asesinato) mas las cartas de la época, el fiscal Juan Pablo Buono-Core concluyó que el autor material del crimen habría sido el mismísimo Rudecindo Alvarado. Como ya se dijo, el capitán Alvarado era el jefe del batallón Cazadores de Los Andes, además miembro de la Logia Lautaro y por tanto amigo de San Martín y O’Higgins. Segun Buono-Core le tenía sangre en el ojo, afirma que cuando se decidía en la Logia Lautarina sobre quien sería el autor material, Rudecindo Alvarado se habría ofrecido él mismo. Por lo tanto, se concluye que más que O’higgins los responsables intelectuales de la muerte de Rodríguez fue la Logia Lautaro, por atentar contra su proyecto político de tipo monárquico.
Todo indica que Alvarado estaba decidido a matar a Rodríguez, en el caso de haber sido Navarro quien efectivamente le disparó o ultimó golpeándole el cráneo, lo habría hecho forzado por las ordenes del capitán Rudecindo Alvarado.
Dicho esto, la versión histórica de Diego Barros Arana resulta sensata por narrar lo substancial del asesinato de Manuel:
«Pero la suerte de ese caudillo estaba decidida de una manera tenebrosa. Parece que este asunto habia sido tratado en los conciliabulos secretos de la lojia Lautarina i que en ellos se habia sostenido que la existencia de Rodriguez era incompatible con el mantenimiento del órden publico, de tal manera que mientras viviese debía promover disturbios i complicaciones, por si o por medio de sus parciales, que lo reconocian por el mas activo i empeñoso entre todos ellos.
El auditor de guerra don Bernardo Monteagudo, señalado ya ante la opinion como autor principal del fusilamiento de los Carreras, i por lo tanto profundamente odiado por los amigos de estos, era el mas interesado en el sacrificio de Rodriguez, i se hizo cargo de dirijir su ejecución.
-Dada la orden de marchar el cuerpo (el batallón de Cazadores) a Quillota, dice el mismo Navarro (4), me llamó a su casa el comandante Alvarado, donde se hallaba también Monteagudo. Cerrada la puerta, me dijeron que en mi caracter de hombre de honor i de confianza me encargaban la seguridad de Rodriguez haciéndome responsable de ella con vida i empleo y dándome a entender que corría dinero para obtener su libertad, cuando el Gobierno se interesaba en esa seguridad para los fines que después me dirían. A las diez de la noche fui llamado otra vez por dicho jefe, que otra vez estaba acompañado por Monteagudo. Bajo el mismo encierro me dijeron que interesaba mucho cumplir con toda exactitud el encargo que se me habia hecho ese día por cuanto ya se habia reducido al Gobierno a consentir en la esterminacion de ese sujeto (Rodriguez) por convenir así a la tranquilidad pública i a la conservación del ejercito.
Yo prometí cumplir las órdenes que se me daban; pero reservadamente comunique todo esto al teniente don Manuel Antonio Soluaga i al capitan don Camilo* Benavente, para ver si era posible evitar aquel suceso sin comprometerme. Estos hablaron sobre el particular con otros oficiales, como el capitán don José Maria Peña, el teniente don Nicolas Vega, etc., pero todos ellos se negaron a injerirse en el asunto, dejando espuesto al capitan Benavente- (* Manuel José) (5)
Todo hace creer, en efecto, que el infeliz Navarro se resistia a tomar paticipacion en el crimen, i que habría querido que se produjera cualquier acontecimiento que lo impidiese.
El domingo 24 de mayo (6) se verificó a poco de entrada la noche, el asesinato de don Manuel Rodriguez, con circunstancias que la tradición referiría de mil maneras i que las piezas de dos procesos que se siguiera para esclarecerlo, no hacen mas que oscurecer i enredar.
Aparece, sin embargo, como lo mas comprobado i como lo único indudable, que Rodríguez fue invitado por uno de sus guardianes a dar un paseo por los alrededores del rancho en que se había hospedado; que yendo en compañía de este recibió un balazo de de fusil o de pistola que lo hirió por la espalda en la caja del cuerpo, un poco mas abajo del nacimiento del brazo derecho, i que en seguida fue ultimado con instrumentos cortantes, probablemente con bayonetas, recibiendo, entre otras menores, dos heridas, una en la cabeza i otra en la garganta, que debieron determinar la muerte. La luna en menguante no habia salido todavia. La noche era perfectamente oscura i no habia mas testigo del crimen que los mismos individuos que lo habian perpetrado. En cumplimiento de las órdenes que habia recibido esa misma mañana, Navarro dio inmediatamente aviso al jefe del cuerpo de que Rodriguez se había fugado»
Manuel Rodríguez ese día vestía chaqueta de paño verde bordada con trencilla negra y pantalón y gorra militar. Ademas llevaba un poncho, necesario, considerando que para esa fecha estaba bastante entrado el otoño.
Agustín Crespo, sargento del Batallón n° 1 de Cazadores de Los Andes, en su declaración da cuenta de como se perpetraron los hechos, camino a Quillota, aquel fatídico 26 de mayo de 1818:
…dos días antes de llegar a dicho punto, hizo alto una noche dicho batallon, i a su vanguardia como a dos cuadras de distancia acampó el teniente don Antonio Navarro con un piquete de 16 hombres, que llevaba el especial encargo de custodiar al finado teniente coronel don Manuel Rodriguez: que poco despues de oracion vió se apersonó a dicho teniente su coronel don Rudecindo Alvarado, llevando consigo a su asistente Gomez i mandó le entregase al señor Rodriguez, i para este efecto llamó dicho jefe al soldado Parra i al cabo Aguero ordenando le compañasen trayendo sus fusiles, i que tambien lo traia Gomez: que en efecto marcharon los cinco hacia adelante por un caminito angosto que se dirijia a un montencito, llevando de bracete el señor Alvarado a Rodriguez, i que al poco rato se oyó un tiro de arcabuz; que poco despues vino dicho jefe con la novedad de que se la había fugado el señor Rodriguez y en el acto mando destacar de dicho piquete varias partidas para que le fuese a buscar por aquellas cercanias; pero que al siguiente dia comenzó a estenderse la noticia de que el señor Rodriguez habia sido muerto de un pistoletazo por atras por el señor Alvarado, i que el dicho Parra con quien el contestante tenia intimidad-por ser soldado de su compañia, le aseguró ser cierto el tiro de pistola en el modo esplicado acabado de matarle con su sable, sin haber recojido el cadaver; que el señor Alvarado llevó a su alojamiento a dichos tres soldados, sin que en Quillota se incorporasen a su batallon i que ellos mismos contaban les iba a licenciar el jefe auxiliandoles con algun dinero para que se fuesen al otro lado, lo que en efecto verificaron.(7)
(4) Declaración de Antonio Navarro en proceso llevado en 1823
(5) Nota aclaratoria de Diego Barros Arana: El asesinato de don Manuel Rodriguez fué contado largo tiempo según los recuerdos tradicionales, i sobre todo, segun el testimonio del capitan don Manuel Jose Benavente, que servía en el mismo cuerpo que Navarro, i que estuvo en situación de conocer los hechos. Benavente, que vivía en la provincia de Concepción en 1850, escribió ademas una prolija relacion de aquel trajico acontecimiento, en una larga carta, dirijida a su hermano don Diego José, carta que fue utilizada por algunos escritores (…) Esa, relacion, exacta en el fondo, no lo es, sin embargo, en todos sus accidentes, ya sea porque la pasion indujo al autor a ciertas exajeraciones o inculpaciones infundadas, ya por infidelidad en los recuerdos. Bastará recordar que Benavente supone que fueron los jenerales O’Higgins i Balarce los que celebraron con Navarro la conferencia secreta de que hablamos en el testo, siendo que los documentos más incontrovertibles aparece que este oficial no habló nunca con ninguno de esos jefes, sino con el coronel Alvarado i con el auditor de guerra Monetagudo (…)
(6) Según el historiador los hechos ocurrieron un día domingo y no un martes 26 de mayo
(7) Declaración de Agustín Crespo en proceso llevado en 1823
Sepultura en la capilla de Tiltil
Al día siguiente del asesinato, el batallón continuó su marcha hacia Quillota. La noche anterior Hilario Cortes, quien pernoctaba en los alrededores en una ramada bajo un quillay, había sentido el disparo mientras regaba una plantación de trigo (Vicuña Mackenna, 1877), también sintió el ruido que dejaban los caballos de los soldados en dirección a El sauce. Asustado fue a dar aviso a su patrón, Tomas Valle, primera autoridad de Tiltil en aquellos años, juez y subdelegado local.

A la mañana siguiente, 27 de mayo, fueron al lugar de los hechos, en el sector Cancha del Gato distante a 18 o 20 cuadras al sur de la estación de Tiltil. Allí encontraron un cuerpo en una especie de zanja de una ancuviña indígena, tenía la ropa destrozada y estaba tapado con un poco de tierra y algunas ramas. Pese a su casi irreconocible condición Valle supo que era Rodríguez pues tenían amistad y sabía que lo habían traído preso y supuso que su muerte se debía a ordenes superiores. Por temor no supo qué hacer por lo que dejó el cadáver en el mismo lugar.
Pronto se enteraría que el cuerpo estaba siendo presa de perros y aves rapiñas, de manera que a los cinco días decidió recogerlo y darle hornosa y secreta sepultura. Para ello Tomas Valle, sin luz de día, se hizo acompañar de Hilario Cortes y del vecino Jose Serey, quienes desenterraron el cadáver, y lo condujeron en un costal a la capilla de Tiltil, de la cual él era mayordomo. Entrando al presbiterio, casi junto al altar y un poco inclinado hacia la izquierda del centro de este, Cortes abrió una fosa y allí, sin cajón, quedaron sepultados aquellos restos.
Como Tomas Valle encargara a Cortes y a Serey el mas profundo secreto sobre esto, nada se supo por ese entonces. Tiempo después, cuando el miedo al gobierno dejó de ser latente, los protagonistas comenzaron a dar cuenta de lo sucedido, de modo que los tiltilanos, con recato, comenzaron a correr la voz de que el cuerpo de Manuel Rodríguez descansaba en sus tierras.
Diferentes testimonios acreditan que Rodríguez sí fue enterrado en la Capilla de Tiltil, uno de ellos es del nieto de Tomas Valle, Bernardino Concha, quien declaró haber visto una nota entre los documentos de su abuelo que decía. «Si alguna vez se buscan los restos de Manuel Rodríguez, sépase que fueron enterrados por mi en la capilla de Tiltil, en el presbiterio. -Tomas Valle»
Ademas Hilario Cortes tuvo larga vida, y siempre refería similar testimonio al conocido por los miembros de las familias Valle y Serey. De hecho estuvo presente el 26 de mayo de 1863 en la inauguración de la pirámide conmemorativa a Manuel Rodríguez. Iniciativa llevada a cabo por Benjamin Vicuña Mackenna y costeada por Enrique Meiggs.

La exhumación
A fines de mayo de 1894 se formó en Santiago Comité Patriótico «Manuel Rodríguez» su fin era buscar los restos del prócer. Sin perder tiempo sus representantes pronto viajaron a Tiltil y comenzaron a recopilar antecedentes directa e indirectamente. El comité por ese entonces ratificó que solo tres personas habían sido enterradas en el capilla de Tiltil: Rodríguez habría sido el primer sepultado, luego el padre Figueroa (1825) y por ultimo Tomas Valle (1832). No hubieron mas porque luego vendría la prohibición de enterrar en las iglesias.
Ademas se obtuvo el valioso testimonio de la señora María del Carmen Serey, quien supo de primera fuente las circunstancias del entierro de Manuel Rodríguez:
En el pueblo de Tiltil, a dos de julio del año mil ochocientos noventa i cuatro, el infrascrito, Oficial del Rejistro Civil de la localidad, tomó declaración a doña Maria del Cármen Serei, a solicitud del «Comité Patriótico ejecutivo Manuel Rodriguez», cuya señora espuso:
Soi hija de don Dionisio Serei, hermana de don Jose Serei, el cual desenterró el cadáver de don Manuel Rodriguez, de acuerdo con el juez de Tiltil, don Tomas Valle, i lo llevó con este señor a la capilla, pasando inmediatos a mi casa. Vi a mi hermano José cuando llevaba al hombro un capacho, en el cual iban los restos de aquel caballero, que unos perros lo habian destrozado, con gran sentimiento de todos los que esto vimos o supieron. Me consta que tanto don Tomas, como el resto del pueblo, compuesto de jente buena i caritativa, llorabamos de pena por la desgracia que le habia ocurrido a dicho caballero, que tenia fama de bueno i de patriota. Mi hermano nos contó que el lugar en donde habian dejado los restos del finado, habia sido en el presbiterio, al lado adentro de la reja, entre ésta y el altar, casi al medio. En el presbiterio no hai mas que tres personas enterradas: don Tomas Valle, hacia el lado norte, don Manuel Rodriguez, mas al cuerpo de la iglesia, i un padre Figueroa, al lado sur. Todo esto lo saben los principales vecinos de Tiltil i nadie lo puede poner en duda porque es la verdad. Tanto mi padre, como mi hermano José, i mi tio don Francisco Serei, conocieron vivo a don Manuel Rodriguez. Yo tenia por lo menos quince años cuando tuvo lugar el asesinato i me acuerdo con perfecta claridad que entonces habia mucho miedo al Gobierno, i por esto el cadáver pasó en el campo, comido de perros, medio enterrado,unos cuantos dias, hasta que el juez don Tomas Valle resolvió sacarlo a escondidas, como dejo dicho, con mucho secreto, para que nadie supiera. Como yo habia visto pasar a mi hermano José con el capacho, conté esto a los de mi casa, sorprendidos todos del secreto que habiamos divisado en las conversaciones de don Tomas con mi hermano, i por esto, cuando José volvió a casa tuvo que confesarnos en lo que habia andado. Nos contó todo, encargándonos que no hablaramos a nadie de esto, porque don Tomas se enojaba i porque el Gobierno podia castigarnos, puesto que todos decian que él habia mandado matar a don Manuel Rodriguez.
Agragaré que este caballero comió en el dia un poco de cazuela de ave en casa de mi tio Francisco, que vivia cerca de la Cancha del Gato; pero don Manuel estaba pálido, como muerto, sin hablar palabra. Ya el finado sabria que lo iban a matar, como en efecto sucedió en la tarde, ya empezada la noche.
Mi hermano José murió hace años i ya estaba casado i con hijos cuando susedio lo que dejo referido. Respecto de los restos que en el mes proximo pasado han sido encontrados i sacados del presbiterio por la comisión venida de Santiago, declaro que no pueden ser otros que los de don Manuel Rodriguez, porque en ese lugar nos dijo mi hermano José que los había sepultado i nadie antes los ha sacado, como todo esto le consta a todo el pueblo, especialmente a la familia Valle …(8)
Una vez que la comisión obtuvo el permiso del gobierno para realizar la exhumación esta se trasladó a Tiltil, no sin antes dar aviso a la prensa para se conociese por todos ya que el acto iba a ser publico. Este acto se llevó a cabo un 10 de junio de 1894, concurrieron los tres miembros del Comite Patriótico, el Señor Enrique Allende Rios en calidad de presidente, Abel Rosales y Abelardo Carvajal, ademas los acompañó el sastre Manuel Modesto Sosa. Desde que estos señores bajaron del tren comenzaron a sentir la resistencia, no disimulada, de la gente del pueblo y de más lejos que se había congregado. Abel Rosales daría cuenta de lo ocurrido aquel día:
El municipal de esa comuma, don Florencio Morales, trató de impedirnos la escavacion. Murmullos, a veces ruidosos, de que Manuel Rodriguez no pertenecia a los santiaguinos, sino a Tiltil que habia guardado sus restos que aquellos habían regalado a los perros i a los buitres, oiamos por todas partes.
La esposa de un señor Mandujano me decía:-¿Con que van a llevarse a Manuel Rodriguez? Nos llevan el único tesoro de Tiltil…!
En otras direcciones se formaban grupos amenazadores, a tal estremo, que en el mismo presbiterio se enardecieron los ánimos y costó trabajo evitar un combate entre los descontentos i los que nos acompañaban.
Fue necesario que hiciéramos presente por varias veces que era el Gobierno i el Arzobispo juntos los que habian autorizado la exhumacion. Sin esto, los miembros del comité tal vez se habrian vuelto a Santiago sin haber podido hacer nada i, por añadidura, con una soberana paliza quizas.
Tal es el cariño de los tiltilanos a Rodriguez. I esto llega hasta el estremo que una señora anciana i testigo en el espediente, doña Maria del Carmen Serei, me ha dicho varias veces que «el finado», es -mui milagroso-, como que continuamente le hace milagros, patentes.
Todas estas sencillas opiniones o creencias deben tomarse mui en cuenta, porque son el eco fiel del sentimiento de aquel pueblo. Si hubiera la mas leve duda respecto autenticidad de los restos, ¿habrían tenido lugar las escenas narradas?
Los vecinos de Tiltil, al batallar por la posecion de un esqueleto, de unos cuantos huesos, manifiestan que el patriotismo i la gratitud viven frescos i lozanos, mientras que en muchos cozarones santiaguinos parece se anida especial placer por deprimir las puras glorias de la historia patria …

En una ceremonia conmovedora a eso de las 10 de la mañana comenzó la excavación en el lugar donde se afirmaba había sido depositado el cadáver del prócer. El trabajo duro fue asignado al tiltileño Domingo Martinez a quien, cuarenta años atrás, se le había encargado junto a Manuel Valdivia (fallecido para ese entonces) picar el piso del presbiterio para rebajarlo un poco y arreglarle el enladrillado, cuando se hacía una refacción general a la capilla. Aquella vez, mientras estos hombres trabajaban descubrieron el esqueleto de un hombre con la cabeza hacia el altar y el resto del cuerpo hacia la reja, sin cajón, con los miembros sin órden, con la ropa en jirones. Sus pantalones, casi deshechos, eran al parecer de color azul negro y en la cabeza, a modo de venda, tenía un pañuelo de seda azul con listas blancas, ya pulverizándose. Supusieron que aquellos restos serían de Manuel Rodríguez porque habían oído decir -como todos en Tiltil- que en ese lugar había sido sepultado. Lo dejaron cuidadosamente en el mismo lugar, y sabiendo Martinez que había sido un patriota muy destacado trató de cuidar sus restos lo mejor posible, para lo cual buscó algunas tablas y se las colocó a modo de ataúd, tapando luego con tierra.
Volviendo al día de la exhumación, la excavación no fue tarea fácil para Martínez, el terreno estaba duro que algunos llegaron a pensar que era suelo virgen. Sin embargo, después de un largo rato los barretazos alcanzaron el cajón de don Tomas Valle, que solo era esqueleto. Se reconoció que el cajón estaba de norte a sur, es decir paralelo a la reja del presbiterio, como mirando hacia el altar.
Como a la 1:15 de la tarde, Martinez empezó a sacar pequeños huesos, luego pedazos de tablas y al fin encontró el esqueleto que se buscaba. Una masa compacta de vecinos de Tiltil rodeaba la sepultura y el párroco vestía con ornamentos del rito católico para esos casos a fin de recibir dignamente los restos iban apareciendo de la tierra. Cuando la barreta de Martinez llegó rectamente al punto deseado al instante reconoció en los trozos de madera, que se deshacían al tomarlos en la mano, las tablas que él mismo había colocado allí cuarenta años atrás. Siguió con sumo cuidado el trabajo, los huesos eran recogidos por el señor Allende Rios y colocados en una mesa, lo mismo que algunos escasos restos de ropa, reconocidos como tal por el sastre Sosa. Alrededor de las dos de la tarde se terminó el trabajo.
El resultado fue cual lo que se esperaba: se habían encontrado los restos de don Tomas Valle y los de Rodríguez, conforme con el testimonio irrecusable de la familia del primero, y conforme con lo declarado por los mas antiguos y contemporáneos vecinos de Tiltil, incluido el párroco Ramón Sancho Montiel.
No se encontró, sin embargo, restos del pantalón, ni de ropa, excepto un pequeño trozo de cordón, al parecer de trencilla, que se deshacía al tocarlo, y un escaso resto de genero como la armadura interior que tienen sobre el pecho las casacas de los militares. Así lo declaró el señor Sosa después de examinar al sol ese genero. No había señales ni de calzado, ni de cosa alguna mas de vestuario.
Algunos huesos estaban ya en disolución calcárea; el cráneo se partió en varios pedazos; pero los huesos sacro y coxis (asentaderas) estaban desafiando los años, en regular estado de conservación, de un tamaño que acusaba haber pertenecido a un joven de buena talla y que había andado mucho a caballo, por la resistencia y buena formación que presentaban.
Mas tarde el pequeño grupo de huesos encontrados fueron encajonados en el patio de la parroquia. Se levantó el acta correspondiente, se firmó por quienes sabían hacerlo y el cajón fue cerrado y lacrado.
El señor Allende Rios hizo entrega del ataúd en estos términos:
-Señor cura párroco: como presidente del comité patriótico, me cabe la honra de haceros entrega de estos preciosos restos, en conformidad a lo dispuesto por el Supremo Gobierno. Guardadlos, señor cura, porque ellos representan al que fue glorioso caudillo popular, Padre de la Patria i vecino de Tiltil desde hace 76 años, despues de haber perdido no lejos de este sitio su sangre i su vida.
-Señor, contesto el señor Sancho Montiel; es un grato deber para mi cumplir con tan honroso cargo. Estos restos estarán guardados aquí como un gran tesoro.
Que duda cabe, el espíritu de Manuel Rodríguez, independiente de lo que vino después, se convirtió en el gran tesoro del pueblo de Tiltil.(9)
******
(8) La señora María del Carmen Serey, con más de 90 años, falleció al siguiente año el 25 de octubre
(9) El 25 de mayo de 1895 los restos de Manuel Rodríguez fueron trasladados al patio Arriarán del Cementerio General de Santiago, aun no se ha determinado científicamente si efectivamente corresponden al prócer. Por otra parte algunas voces dicen que sus restos nunca salieron de la comuna de Tiltil.
Les recomiendo leer el libro de Guillermo Parvex , “Quien asesinó a Manuel Rodríguez” 2019. Ahí está toda la información recopilada conforme a documentos existentes .
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias
Me gustaMe gusta
que bonito concocer parte de nuestra historia
Me gustaMe gusta
lo único que debo decir que estos lugares nunca hubo trigo…si hablamos de la cancha del gato camino real antiguo…Manuel Villarroel M
Me gustaLe gusta a 1 persona